Cuando extendí mi brazo y las puertas se abrieron ya sabía a que me estaba exponiendo. Ese viaje al que me resistía pero que realmente mi responsabilidad me obligaba.
Al penetrar en el extraño, agobiante y oscuro espacio observé que no era el único valiente y que había tantos otros como yo con ese mismo coraje, pero ellos quizás sin tanta resistencia, no sé si por costumbre o porque no tienen otra alternativa.
La velocidad de la “nave” realmente me subía la adrenalina pero aun mas la aumentaba el saber la poca seguridad con la que uno cuenta en ese momento. Es como experimentar que con cada segundo que aumenta la velocidad también aumenta el riesgo - eso me asustaba - pero como sabía a lo que me exponía no debía preocuparme ya que esa velocidad a la que le temía en realidad era lo que me servía.
De pronto al observar la nave con atención visualicé el agujero negro que había en ella, creo que uno mirándolo comienza a experimentar fascinación. La oscuridad me absorbía y mis acompañantes parecían no inquietarse por semejante vivencia. El ruido era escalofriante, todo rugía y chillaba; no se podía detallar qué era en particular, sino que era algo constante.
Me encontré en ella menos de lo que verdaderamente esperaba, por un lado eso era positivo.
Por otro lado, ninguno de mis acompañantes se molestaba en hacer espacio para poder terminar de ingresar; pero me digné a empujar con tanta persistencia que logré el cometido. Cada vez que me adentraba las miradas eran más perforantes y el hedor era más penetrante.
Y de repente… “Constitución” grita el chofer. Por fin había terminado. Llegué a destino. Aun todavía recuerdo esa experiencia… Aun recuerdo ese día que me aventuré a viajar en un transporte público sin línea para llegar a horario al trabajo.
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